Ayer volví a las calles del centro bonito de mi ciudad pequeña. Me había olvidado de lo mucho que me gustan esas calles con su gente mucha, con sus lozas negras, nuevas. Y su silencioso estruendo monótono que se parece tanto a una manada de mosquitos inquietos. A veces la vida te marca los caminos que debes andar y los andas sin detenerte a pensar si te gustan esos caminos o los andas por cuestiones de destino. Otras tantas te olvidas de los caminos que tanto te han gustado y te vas alejando. Qué cosas tan injustas y ciertas, tan ciertamente injustas. Inevitables simplemente diría mi abuela.
Sí, regresé por mera casualidad a la cálida superficie del asfalto del centro, me acordé de mis caminos olvidados. Esos que andaba por tu culpa. La culpa es una necesidad de las almas irresponsables e irrespetuosas que no son capaces de fajarse los pantalones y asumir sus consecuencias. Si yo andaba por el centro antes no era por tu culpa ni porque sea un romántico incorregible. Un romántico a la manera vulgar. Ya sabes, rosas muchas y de colores pastel, la noche y la luna, que no falte la luna deslavada de tanto nombrarla, los cafés con terraza y las canciones dulzonas y magentas. Si los profesores de la facultad me oyeran tildarme de romántico por tales cursilerías se reirían de mí y me echarían de la carrera. Creo que no es para tanto.
Regresé y ahí estaban los puestos de revistas, el algodonero de azúcar y las palomitas de queso con su color anaranjado de cinco pesos de antes. El olor a gente moviéndose rápido, las tiendas mudas de gritar ofertas y los árboles silentes que crecen tímidamente porque no le pueden ganar con su ritmo de crecimiento a la ciudad que cada vez engorda más. Me sorprendió ver que ahí sigue el señor Eugenio, ese que enseña su pierna gangrenándose como una pintura impresionista que pareciera un atardecer de junio con todos esos rojos, morados y amarillos. Igual estaba la ancianita del medio bote de leche. La misma que con las seis monedas que ha ganado crea el fondo musical de aquella pieza que tanto te gustaba ¿cómo se llama? … ah sí “De colores.”
Y ahí también estaba la catedral, como un elefante dormido que se cansó de ser una atracción de circo. Como un silencio de cien años que me grita a los ojos el día que nos perdimos. Quizás por eso abandoné mis caminatas por el centro de mi ciudad. Porque esta ciudad es mía, mía, tuya y de cualquiera que la quiera como suya. No de esos políticos que salen en los periódicos presumiéndose dueños de ella y que ni siquiera vienen a caminar por sus calles porque están muy ocupados comprando propiedades en Timbuctú. Sí, esta ciudad es mía, era de los dos, a lo mejor ya no te acuerdas.
Te digo que la vida es caprichosa. Primero me dio un coche y me fui a los anillos de la ciudad, si uno agarra todo segundo anillo puede recorrer la ciudad de oriente a norte en quince minutos. Bueno, eso era antes de que a esos que se sienten dueños de esta ciudad se les ocurriera convertirla en una verdadera montaña rusa y un caos vial los dos años que se tarden en terminar de construir la pantalla de su última ratería. Volviendo a los caprichos de la vida. Luego me dejó sin coche y ahora un amigo me ha dejado cerca de estas calles que antes recorríamos juntos o que yo caminaba para llegar a verte: al Café del codo, a la Plaza de armas cuando yo como un niño me aferraba a comprar una pieza de pan para darle de comer a las palomas grises, al Parián cuando tenías hambre y comprabas una rebanada de pizza y la bañabas en chimichurri y salsa de tomate. O a la parada del camión donde te veía alejarte con aquella playerita polo con rayas amarillas y azules.
Por destino he dicho ya. Ayer regresé hasta esa misma parada y de pronto me miré ahí parado como entonces y algún espíritu abrió la tapa de mi cerebro oxidado. Me encontré con la puerta de tu casa pintada de verde pistache, con los años del colegio y con un chango de peluche que colgaba graciosamente anaranjado de tu ventana. De tus manos juveniles que morenas caminaban por mi espalda, por mi pecho y por mis caminos enteros. Cerré los ojos y me descubrí volviendo al centro, volviendo a recordarte.
jueves, 10 de diciembre de 2009
Y te seguí...
Te seguí en un sueño borrosito, como esos sueños de los gatos recién nacidos, no como sus sueños, más bien como sus ojillos. Ibas en una bicicleta parecida a la de mi abuelo, vestías pantalones cortos, playera anaranjada con cuello polo y una sonriente sonrisa. Te seguí con mis piernecillas frágiles de niño de ocho años que corre tras una bicicleta sin saber que se ha enamorado del cometa de los ojos fugaces del chiquillo despeinado que la monta. Sospecho que fue en un sueño porque yo llevaba puestos los aretes verdes largos de mi madre. Estaba afuera de la finca aquella donde papá vendía forrajes. Había llovido. La jardinera de afuera, en la que los demás apoyaban sus patines, aquella en la que chocaban los balones, estaba repleta de tierra mojada. Y ahí estaba yo: gris y pequeño, con pendientes verdes y labial carmín, como el que usaban las vedetes. Nunca quise patear el balón, menos aprendí a soltarme de las paredes al montarme en los patines, así que salí a la calle donde mis hermanos correteaban y se aventaban agua con botellas de refresco y me quedé ahí sentadito en la jardinera. Metí mis dedos delgados en la tierra sintiendo que pertenecía a ella. Como si el agua tuviera capilaridad a través de la piel me puse húmedo completo y cerré los ojos por un momento. De pronto oí un ruido como de motocicleta, eras tú que habías robado una de las botellas y aplastada entre las llantas de tu bicicleta antigua, sonaba como un motor. El viento metía sus manitas desesperadas para no chocar de lleno con tu cabello opaco y lo revolvía. Tus dientes grandotes brillaban entre tus labiecitos gruesos y el agua brincaba renegando por tu paso y se pegaba a tus piernas salpicándolas, dejándolas chorreadas, como luego dicen. En ese momento mi cuerpo supo lo que era suspirar, suspiré largamente. Me paré de la jardinera, me sacudí las manos y también me chorrié las piernas y corrí tras ese ruido de tu inocencia que se confundía con el de la tarde lloviznosa. Ahora estoy seguro de que fue en un sueño grisáceo, por aquello de los aretes, y porque las bicicletas viejitas, montadas por niños que sonríen como tú no se detienen a subir en la parrilla a niños que usan calcetas como las mías, para después empezar a pedalear y pedalear hasta llegar a un cuerno de la luna sólo para saber lo que es besar.
viernes, 9 de octubre de 2009
El cansancio de las cosas.
Mi almohada está cansada, casi le oigo quejarse de las veces, de la sal y la saliva.
Las cosas no se quejan porque no pueden, o porque si pudieran nadie las escucharía, son cosas nada más.
Yo también me quejaría de mis veces.
De las veces que ando por ahí arrastrándome por la cama y por el suelo, por el suelo y por la vida, con el silencio quedito de mis recuerdos despojados de alas, arrojados al vacío del presente azul. Silenciados sin remedio, sin tregua. Silenciados a fuerza de omisión. Silenciosos rebeldes.
De otras tantas en que el silencio va dejando de callarse y toma forma de lluvia y llora a través de mi cuerpo, de mi casa, de mi alma y de mis cosas. Llora sobre todo, haciendo inundaciones que cuando se secan saben a pura sal y emblanquecen todo. Cuando los llantos se van secando además de todo, endurecen las cosas.
Y de aquellas en las que de mucho revolcarme en el silencio y el llanto por la superficie blanca de mi casa salada, los ojos se cansan de ser callados, de ser lluviosos y se cierran, dejando entrar al sueño con sus humedades voluntariosas. Cuando me quedo dormido y me pongo a babear como condenado sobre la almohada, el sillón o la mesa.
Definitivamente yo también me quejaría, como mi almohada, mis sillas y mi baño.
Yo recogería todas mis plumas y toda mi tela y me convertirtiría en cisne,
me agarraría volando, volando hasta encontrarte, para escurrirme en tu cabeza.
Irte mojando de un silencio lluvioso de recuerdos apestosos a saliva nocturna.
Para que sepas que la puerta, la ventana, la cama, y las almohadas están cansadas,
cansadas como yo de tu recuerdo rebelde.
Si yo fuera mi almohada también me quejaría...
Pero como soy un simple hombre solo, me quedo aquí a abrazarme de mi almohada, a silenciar los recuerdos que me ganan haciéndose lluvia y a cansarme y a dormirme, queriendo hacerme cisne. Haciéndome nada.
Las cosas no se quejan porque no pueden, o porque si pudieran nadie las escucharía, son cosas nada más.
Yo también me quejaría de mis veces.
De las veces que ando por ahí arrastrándome por la cama y por el suelo, por el suelo y por la vida, con el silencio quedito de mis recuerdos despojados de alas, arrojados al vacío del presente azul. Silenciados sin remedio, sin tregua. Silenciados a fuerza de omisión. Silenciosos rebeldes.
De otras tantas en que el silencio va dejando de callarse y toma forma de lluvia y llora a través de mi cuerpo, de mi casa, de mi alma y de mis cosas. Llora sobre todo, haciendo inundaciones que cuando se secan saben a pura sal y emblanquecen todo. Cuando los llantos se van secando además de todo, endurecen las cosas.
Y de aquellas en las que de mucho revolcarme en el silencio y el llanto por la superficie blanca de mi casa salada, los ojos se cansan de ser callados, de ser lluviosos y se cierran, dejando entrar al sueño con sus humedades voluntariosas. Cuando me quedo dormido y me pongo a babear como condenado sobre la almohada, el sillón o la mesa.
Definitivamente yo también me quejaría, como mi almohada, mis sillas y mi baño.
Yo recogería todas mis plumas y toda mi tela y me convertirtiría en cisne,
me agarraría volando, volando hasta encontrarte, para escurrirme en tu cabeza.
Irte mojando de un silencio lluvioso de recuerdos apestosos a saliva nocturna.
Para que sepas que la puerta, la ventana, la cama, y las almohadas están cansadas,
cansadas como yo de tu recuerdo rebelde.
Si yo fuera mi almohada también me quejaría...
Pero como soy un simple hombre solo, me quedo aquí a abrazarme de mi almohada, a silenciar los recuerdos que me ganan haciéndose lluvia y a cansarme y a dormirme, queriendo hacerme cisne. Haciéndome nada.
domingo, 31 de mayo de 2009
Recuerdo - te
La naturaleza de los recuerdos es indescriptible. Llegan cuando quieren, a veces se instalan, otras permanecen dos segundos y luego se esfuman como humillos ligeros de un cigarro delgado e insípido.
Tu recuerdo es de los que echan raíces, unas muy gruesas y aferradas.
No sé bien donde se plantan los recuerdos en la mente, pero el tuyo ha estado en ese lugar por bastante tiempo. Sí, si tu recuerdo enraizó, seguramente es como un árbol. Como esos árboles seculares que han sobrevivido al crecimiento sorprendente que ha tenido el mundo.
Yo he construido edificios enteros de historias nuevas, sorprendes y fantásticas, algunas tanto que me hacen volar por un rato. He hecho calles de ilusiones, de metas resueltas y de situaciones inesperadas. He puesto a trabajar intensamente a mis fantasmas interiores para construir muros que impidan el libre paso de sentimientos tan coloridos y sinceros como los míos, diseñé canales que conducen emociones exactas en momentos adecuados y levanté una infraestructura digna de cualquier ciudad europea o asiática o americana, cualquier ciudad que sea enorme.
Uno puede crecer en los adentros como crecen los paisajes urbanos: Un rascacielos al sur, una presa al oeste en donde hay muchas lágrimas, un complejo turístico al centro, donde se guardan viejas e interesantes construcciones de historias míticas y bonitas. Un pulmón ecológico lleno de manzanos y margaritas.
Igual se pueden implantar sistemas de circulación para los pensamientos erróneos y disparatados, iluminar las zonas pobres del pasado a donde uno va tirando los errores después de que los ha cometido sin aprender de ellos. También ¿por qué no? Sembrar jardines en las zonas devastadas por las guerras de la depresión y convertirlos en parques enormes donde los momentos recién nacidos, como niños, puedan jugar y sonreír provocándonos esa sensación tan conocida de mariposas estomacales.
Se puede, lo digo porque lo he hecho. Si tuvieras un microscopio para almas, como el que soñé una vez que compraba en París. Podrías enfocar el lente hacia la parte izquierda de mi pecho y te enamorarías de la vista panorámica de la increíble ciudad moderna que es mi interior, la gente que sabe leer los mapas oculares lo dice. Definitivamente he hecho un buen trabajo con el diseño y levantamiento de mi mundo personal.
Pero como a los mejores urbanistas, tan contagiados con el asunto de la ecología, a mi, se me ha pasado el detalle aquel de los árboles ancianos. Definitivamente tu recuerdo debe ser uno de los tres o dos que rompen con la planeación perfecta de ese mundito. No es que me molesten los troncos gruesos ni los miles de pájaros pechoamarillo que duermen en sus copas, ni el viento que hace ruido al acariciar sus ramas. De hecho, estoy enamorado de esos árboles viejos que hay por toda la ciudad.
Entonces ¿Cuál es el problema? No sé si lo haya, es simplemente que anoche, al echar un vistazo utilizando el telescopio aquél y mirando hacia adentro de mí, me di cuenta de tu recuerdo que es enorme, parece un roble o un abeto de esos que crecen mucho. Sentí sus raíces alimentándose aún de mi gran presa de lágrimas y escuché a sus hojitas hacer el amor con el viento morado que recorre mis adentros y, entonces, me di cuenta que hace tiempo, cuando mandé podarte entero (no me acuses con las organizaciones ecológicas) aquellos fantasmas flojos decidieron dejarte seguir creciendo, y ahí estas. En el centro. En donde revolotean las historietas fabulosas de la niñez confundiéndose con los cantos de azulejos que divulgan mis sueñitos futuros.
No sé qué lugar del cerebro escogen los recuerdos para instalarse, ni para irse, pero sé que el tuyo. Para contento o descontento de arquitectos, ingenieros y sentimentales albañiles fantasmales, es como un árbol de trescientos cuarenta y dos años de edad, que sobrevivirá siempre, al incesante crecimiento acelerado de mi ciudad interna.
Tu recuerdo es de los que echan raíces, unas muy gruesas y aferradas.
No sé bien donde se plantan los recuerdos en la mente, pero el tuyo ha estado en ese lugar por bastante tiempo. Sí, si tu recuerdo enraizó, seguramente es como un árbol. Como esos árboles seculares que han sobrevivido al crecimiento sorprendente que ha tenido el mundo.
Yo he construido edificios enteros de historias nuevas, sorprendes y fantásticas, algunas tanto que me hacen volar por un rato. He hecho calles de ilusiones, de metas resueltas y de situaciones inesperadas. He puesto a trabajar intensamente a mis fantasmas interiores para construir muros que impidan el libre paso de sentimientos tan coloridos y sinceros como los míos, diseñé canales que conducen emociones exactas en momentos adecuados y levanté una infraestructura digna de cualquier ciudad europea o asiática o americana, cualquier ciudad que sea enorme.
Uno puede crecer en los adentros como crecen los paisajes urbanos: Un rascacielos al sur, una presa al oeste en donde hay muchas lágrimas, un complejo turístico al centro, donde se guardan viejas e interesantes construcciones de historias míticas y bonitas. Un pulmón ecológico lleno de manzanos y margaritas.
Igual se pueden implantar sistemas de circulación para los pensamientos erróneos y disparatados, iluminar las zonas pobres del pasado a donde uno va tirando los errores después de que los ha cometido sin aprender de ellos. También ¿por qué no? Sembrar jardines en las zonas devastadas por las guerras de la depresión y convertirlos en parques enormes donde los momentos recién nacidos, como niños, puedan jugar y sonreír provocándonos esa sensación tan conocida de mariposas estomacales.
Se puede, lo digo porque lo he hecho. Si tuvieras un microscopio para almas, como el que soñé una vez que compraba en París. Podrías enfocar el lente hacia la parte izquierda de mi pecho y te enamorarías de la vista panorámica de la increíble ciudad moderna que es mi interior, la gente que sabe leer los mapas oculares lo dice. Definitivamente he hecho un buen trabajo con el diseño y levantamiento de mi mundo personal.
Pero como a los mejores urbanistas, tan contagiados con el asunto de la ecología, a mi, se me ha pasado el detalle aquel de los árboles ancianos. Definitivamente tu recuerdo debe ser uno de los tres o dos que rompen con la planeación perfecta de ese mundito. No es que me molesten los troncos gruesos ni los miles de pájaros pechoamarillo que duermen en sus copas, ni el viento que hace ruido al acariciar sus ramas. De hecho, estoy enamorado de esos árboles viejos que hay por toda la ciudad.
Entonces ¿Cuál es el problema? No sé si lo haya, es simplemente que anoche, al echar un vistazo utilizando el telescopio aquél y mirando hacia adentro de mí, me di cuenta de tu recuerdo que es enorme, parece un roble o un abeto de esos que crecen mucho. Sentí sus raíces alimentándose aún de mi gran presa de lágrimas y escuché a sus hojitas hacer el amor con el viento morado que recorre mis adentros y, entonces, me di cuenta que hace tiempo, cuando mandé podarte entero (no me acuses con las organizaciones ecológicas) aquellos fantasmas flojos decidieron dejarte seguir creciendo, y ahí estas. En el centro. En donde revolotean las historietas fabulosas de la niñez confundiéndose con los cantos de azulejos que divulgan mis sueñitos futuros.
No sé qué lugar del cerebro escogen los recuerdos para instalarse, ni para irse, pero sé que el tuyo. Para contento o descontento de arquitectos, ingenieros y sentimentales albañiles fantasmales, es como un árbol de trescientos cuarenta y dos años de edad, que sobrevivirá siempre, al incesante crecimiento acelerado de mi ciudad interna.
miércoles, 8 de abril de 2009
Es hora del ruido
He venido hablando del silencio:
ausencias,
dolores viejos,
amores tercos,
melancoholías absurdas e innecesarias...
¡Me cansé!
Es tiempo de hablar del ruido:
De la música alta y las luces intensas, multicromáticas, volubles;
de las mil bocas besadas al azar,
de los cuerpos desnudos, medio desnudos, desmembrados...
La mente vacía sustituyendo el dolor por el estruendo
La cabeza me explota literalmente.
Mi alma se esta escapando
(seguramente va al mar, donde imaginé una noche que te conocía)
Detenla por favor...
...
...
...
Se fue por completo.
Ahora la inconsciencia:
duendes de colores chillantes a mi alrededor, chillando,
brincando, besándome, tocándome el cuerpo. Sin cuerpo,
entrándose en mis ojos dilatadamente huecos,
en mis oidos sensibles, hipersensiblemente.
Baila, donde quiera que estés,
ponte a bailar
¡olvídame!
- Es que yo ya me enamoré...
del ruido.
ausencias,
dolores viejos,
amores tercos,
melancoholías absurdas e innecesarias...
¡Me cansé!
Es tiempo de hablar del ruido:
De la música alta y las luces intensas, multicromáticas, volubles;
de las mil bocas besadas al azar,
de los cuerpos desnudos, medio desnudos, desmembrados...
La mente vacía sustituyendo el dolor por el estruendo
La cabeza me explota literalmente.
Mi alma se esta escapando
(seguramente va al mar, donde imaginé una noche que te conocía)
Detenla por favor...
...
...
...
Se fue por completo.
Ahora la inconsciencia:
duendes de colores chillantes a mi alrededor, chillando,
brincando, besándome, tocándome el cuerpo. Sin cuerpo,
entrándose en mis ojos dilatadamente huecos,
en mis oidos sensibles, hipersensiblemente.
Baila, donde quiera que estés,
ponte a bailar
¡olvídame!
- Es que yo ya me enamoré...
del ruido.
miércoles, 1 de abril de 2009
Cuando las lágrimas no
- Mamá, ¿qué hace uno cuando se le agotan las lágrimas?
qué hacer si las ganas de hacerse por completo llanto no se terminan...
Ella se quedó callada un momento que me pareció largo, larguísimo,
miro al techo que se caía por partes, se tronó los dedos, se mordió los labios.
-No sé hijo, hace veinte años dejé de llorar con lágrimas para que no aprendieras,
para que tu no fueras a llorar tanto, y mira...
No quise abrazarla, nos quedamos mirando de frente con los ojos huecos,
como dos cubetas vacías, como dos noches de lunas nuevas, escondidas.
Su cuerpo empezó a disminuirse como madera al fuego, mi cuerpo como ceniza al viento.
-Cuando a uno se le acaban las lágrimas, hijo, cuando eso pasa,
uno aprende a llorar para adentro,
a sentir como la tristeza va consumiéndote todo, por dentro,
a hacerse sal de a poco,
a consumirse en su propio infierno.
qué hacer si las ganas de hacerse por completo llanto no se terminan...
Ella se quedó callada un momento que me pareció largo, larguísimo,
miro al techo que se caía por partes, se tronó los dedos, se mordió los labios.
-No sé hijo, hace veinte años dejé de llorar con lágrimas para que no aprendieras,
para que tu no fueras a llorar tanto, y mira...
No quise abrazarla, nos quedamos mirando de frente con los ojos huecos,
como dos cubetas vacías, como dos noches de lunas nuevas, escondidas.
Su cuerpo empezó a disminuirse como madera al fuego, mi cuerpo como ceniza al viento.
-Cuando a uno se le acaban las lágrimas, hijo, cuando eso pasa,
uno aprende a llorar para adentro,
a sentir como la tristeza va consumiéndote todo, por dentro,
a hacerse sal de a poco,
a consumirse en su propio infierno.
lunes, 23 de marzo de 2009
Esperanzas
"Dichoso aquel que no espera nada porque nunca será defraudado"
Pensando en la esperanza
me estremezco,
lo hago insignificantemente.
En silencio,
sola y sencillamente...
La esperanza es el disfraz de la cobardía,
y de otras cosas parecidas.
Es quedarse ahí, en donde quiera que uno esté
agarrado a un deseo, a una necesidad, a un sueño
es
pe
ran
do
.
.
.
Aguardando el momento en que como lluvia
nos mojen las necesidades resueltas, los sueños cumplidos,
los deseos hechos.
Para llover sólo el agua...
No es que esté mal ser cobarde o parecerse a uno.
Crecemos, a final de cuentas, es- pe- ran- do crecer.
Pero no se parece la espera de una hora fijada
a la esperanza de algunas cosas que algunos fijan en ningún lado.
Como si esperar que el amor triunfe sobre esta realidad apestosa
fuese lo mismo que dormirse para aguardar el amanecer seguro.
Pensaba por ociosidad curiosa
y me estremecí por urgencia sentimental.
Lo malo no es esperar...
quizás lo malo, es que por que esperábamos tanto,
tanto que nunca ocurrió;
nos cansamos del concepto, olvidándolo.
Por eso el estremecimiento.
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